Hay momentos que no sabemos serán la última vez. Te encuentras ahí, viviendo algo cotidiano, sin darte cuenta de que, años después, será un recuerdo al que querrás regresar siempre.
Para mí, uno de esos momentos está en la casa de mi abuela. Crecí allí junto a mi primo, quien es más como un hermano. Por las noches, mientras todos dormían y la casa se sumía en el silencio del sueño, él y yo nos quedábamos despiertos. Un poco porque queríamos ver caricaturas y otro poco porque yo le tenía miedo a la oscuridad. Mi cuarto siempre estaba iluminado por la tele, nuestra luna y él, sentado en una silla, tocaba su cuatro. Sus melodías tenían algo de nostalgia, como si fueran más grandes que nosotros.
A veces yo hablaba de cualquier tontería, y él, con su infinita paciencia, me escuchaba. Otras veces, mientras yo dibujaba, él se entretenía intentando aprender algo nuevo: resolver un cubo de Rubik, pasar un nivel de algún videojuego o simplemente nos reíamos toda la noche con sus ocurrencias. Una de las más memorables era rellenar un pan con hielo y esconderlo dentro de una media para comérselo en mi cuarto.
En ese momento, no lo veíamos así, pero con el tiempo entendimos que esas pequeñas acciones reflejaban la falta de comida en casa y la realidad del país. Aun así, esos momentos, tan sencillos como eran, los llevo conmigo con mucho amor.
Hoy, cuando cierro los ojos, todavía puedo escuchar las cuerdas del cuatro, el murmullo de la voz de nuestro tío mandándonos a dormir, hasta esos ruidos raros propios de una casa vieja. Ese recuerdo se convirtió en un refugio y se que siempre que lo necesite puedo regresar a él.
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There are moments we don’t realize will be the last time. You find yourself there, living something seemingly ordinary, unaware that, years later, it'll become a memory you’ll always long to return to.
For me, one of those moments is in my grandmother’s house. I grew up there with my cousin, who is more like a brother to me. At night, while everyone else slept and the house sank into the silence of the night, he and I would stay awake. Partly because we wanted to watch cartoons and partly because I was afraid of the dark. My room was always lit by the TV, our moon, and him, was always there sitting on a chair, playing his cuatro. His melodies carried a certain nostalgia, as if they were older than us.
Sometimes, I would talk about anything and everything, and he, with his endless patience, would listen. Other times, while I drew, he kept himself entertained by trying to learn something new—solving a Rubik’s cube, beating a level in a video game, or simply making me laugh all night with his antics. One of the most memorable ones was stuffing a piece of bread with ice, hiding it inside a sock, and sneaking it into my room to eat it.
At the time, we didn’t see it that way, but as we grew older, we understood that those little actions reflected the lack of food in the house and the reality of our country. Still, those moments, as simple as they were, I carry with me with love.
Today, when I close my eyes, I can still hear the strings of the cuatro, the murmur of our uncle telling us to go to sleep, even the strange noises proper of an old house. That memory became a refuge, and I know that whenever I need it, I can return to it.